Es importante aclarar que todos los males de una globalización negativa, dan una clara perspectiva de lo que puede ocurrir con la comunicación y la sociedad en un futuro cercano.

Dentro de un mar de especulaciones alarmistas es complicado discernir entre la exageración y la objetividad. 

El futuro que procede a partir de la crisis sanitaria mundial, generada por el COVID-19, se configura a partir de un nuevo paradigma, a nivel micro y macro, que ha virado hacia nuevos horizontes (desconocidos y llenos de incertidumbre). 

Las características más repudiadas por el individuo de una modernidad sofocada ante la carencia de certezas, que lo conducen a una búsqueda obsesiva por seguridad; como afirma Erich Fromm: “todo aquello que prometa asumir la responsabilidad de certeza es bienvenido” (Fromm en Bauman, 2000).

Es evidente que la encrucijada actual afectó a la humanidad desde los ámbitos clásicos (economía, política y sociedad), pero esta es una forma simplificada de ver el problema, pues en un mundo globalizado, los distintos agentes que se encargan de hilar la realidad de una sociedad están interrelacionados.

Dicha condición hace que los sistemas puedan trabajar de forma más eficiente. Sin embargo, también generan una complicada red de interacciones institucionales que terminan afectando al comportamiento mismo de las sociedades.

Este sistema de interacciones institucionales se puede comparar a la analogía de eficiencia de un reloj suizo; es decir, una máquina compleja pero vulnerable. Lo que significa que no es algo que esté hecho para soportar grandes perturbaciones o imperfecciones dentro de sus engranajes. Bauman (2006) plantea que esa misma perfección, irónicamente, nos acercará a una “catástrofe definitiva”, pues este reloj suizo tiene una forma muy específica de funcionar: la detección y aislamiento de un problema, la definición del problema y la solución de éste.

Aparentemente, no existe ningún problema con el funcionamiento de esta analogía, pero la gran falla recae en la incapacidad de concebir una vía alternativa para encarar las adversidades que inevitablemente surgen con gran rapidez.

En pocas palabras, un sistema que está en la cuerda floja de la vulnerabilidad y el funcionamiento perfecto no es capaz de soportar las fuerzas de la gravedad y la adversidad (COVID-19 en este caso) y está destinado a colapsar bajo su propio peso.

Uno de los motivos por los que este sistema es tan vulnerable frente a las adversidades inoportunas es que sólo es capaz de observar lo calculable y evidente; la debilidad de la modernidad es la incertidumbre causada por las cosas que no es capaz de anticipar. Pero esto no ocurre arbitrariamente, no es un fenómeno inevitable que se tiene que aceptar, al contrario, es la consecuencia directa de un sistema que se enfoca únicamente en el rompimiento de las fronteras.

Globalización negativa”, término acuñado por Bauman, sirve para describir una sociedad que, en pro del desarrollo moderno, ha destruido las fronteras estatales sin esperar a que haya una fuerza homónima positiva que brinde un balance.

Una globalización acelerada, impaciente y desordenada es capaz de crear muchas virtudes (motivos por los cuales se ha decidido ir por este camino), pero también trae consigo una serie de consecuencias.

El mal más evidente creado por la globalización negativa es la eliminación de la inteligibilidad de la realidad: a diferencia de otras eras de la humanidad, actualmente todo es fluctuante y líquido, nada es seguro y permanente, lo cual hace que definir lo pilares de la realidad social sea prácticamente imposible.

Otro de los males creados es el inevitable hecho de afectar a otras personas con el simple hecho de existir, como si de sistemas institucionales se tratase, los seres humanos como individuos han llegado a un punto en el que es imposible no coexistir con otras personas e influir en sus realidades. 

El problema con esta hiperconexión es que crea una situación en la que el individuo se encuentra en peligro y se configura como peligroso.

Es importante aclarar que todos los males (previamente mencionados) de una globalización negativa, dan una clara perspectiva de lo que puede ocurrir con la comunicación y la sociedad en un futuro cercano.

Si se extrapola en la teoría de la modernidad y el miedo líquido al mundo después de la cuarentena, fácilmente encontramos patrones que coinciden con exactitud.

Todos los males ocurren u ocurrirán: la eliminación de la inteligibilidad se refiere a que las personas entraron en una realidad sin certezas; no pueden asegurar que seguirán teniendo el mismo trabajo o la misma casa, y ahora no podrán asegurar el estado de su salud, pues son atacados por una enfermedad asintomática hasta las dos semanas. Una amenaza aparentemente invisible

La interdependencia humana ha creado una situación incómoda para las interacciones sociales. Si bien es común oír la afirmación “se depende de otros de forma mutua”, ahora existe una variable más dentro de la ecuación social: el COVID-19.

Bajo este paradigma se potencia la idea de los seres humanos como posibles amenazas para su entorno, y ya no son solamente una amenaza social y política, sino una amenaza biológica.

Esta intimidación se extiende a todos los ámbitos que se creía conocer, viviendo conscientes de que nada es estático.

Sin embargo, esta crisis sanitaria potencia la condición de vulnerabilidad que implica vivir en un mundo globalizado, creando una paradoja debido a la simultaneidad del dinamismo con los antecedentes de la experiencia colectiva y el miedo. Una de las manifestaciones más evidentes a lo largo de la historia ha sido el miedo a las afecciones de salud

Susan Sontag aborda el tema de las enfermedades: los prejuicios, las fobias y los miedos que han tejido una red complicada de metáforas a partir de ellas, que dificultan su comprensión y a veces su cura.

Las enfermedades consideradas intratables, caprichosas e incomprendidas son las víctimas de estos estigmas: “Basta ver una enfermedad cualquiera como un misterio, y temerla intensamente, para que se vuelva moralmente, si no literalmente, contagiosa” (Sontag, 1978, pág.8).

Las epidemias de las enfermedades pavorosas provocan reclamos contra la indulgencia y la tolerancia, potenciando un aislamiento de los individuos; durante mucho tiempo la palabra peste se ha usado como la peor de las calamidades colectivas, la palabra que refleja el mal, su metáfora es un vehículo esencial en las visiones más pesimistas del futuro epidemiológico (Sontag, 1978). 

El sospechoso de estar enfermo es la otredad gracias al temor a contagiarse, creándose así barreras en el imaginario colectivo; en el caso de una pandemia como la que atravesamos, este escenario se magnifica; todos adquieren el papel de lo ajeno, desconocido, construyendo barreras de forma comunitaria, otorgándole significados, estigmas, que despiertan una acción: el rechazo, la exclusión y en el peor de los casos la criminalización.

Esta posición fomenta la idea de que aislados se puede estar a salvo, de que la interacción es el peligro, destruyendo y amenazando el ideal de un futuro intercultural

Tales dificultades atentan contra el desenvolvimiento “natural” de las interacciones humanas. Estableciendo una nueva premisa: la sospecha y la paranoia colectiva son características necesarias para asegurar que no se siga propagando el virus. El miedo, la compulsión y la desconfianza, por lo tanto, se configuran como la ideología compartida.

Ello se convierte en la nueva concepción de la realidad ininteligible, la ideología ya no tiene características abstractas cuando se trata de llevarla “al mundo real”, y las cuestiones se manifiestan en su estado más puro mediante la adopción de una actitud de “irónico distanciamiento”.

La cúspide de la ironía radica en esta separación, que ahora se manifiesta textualmente, a diferencia del racismo posmoderno e implícito al que hacía referencia Žižek en Viviendo en el final de los tiempos.

Porque ahora la otredad no solamente se materializa en la forma del enfermo; en la actualidad la otredad, que suscita rechazo y una decadente máscara de tolerancia, se encuentra cruzando la puerta de los hogares de las personas.

En este sentido, la idea que se crea de otredad se extiende a favor del aislamiento físico e ideológico. Al dificultar la apertura hacia el intercambio de saberes, experiencias y formas de concebir la vida, se limita el “multiperspectivismo” de los individuos y sus interpretaciones del mundo.

“La ‘ideología’ es precisamente esta reducción a la simplificada ‘esencia’ que convenientemente olvida ‘el ruido de fondo’ que proporciona la densidad de su significado real. Una eliminación como esta del ‘ruido de fondo’ es el mismo centro del sueño utópico” (Žižek, 2010, pág. 20).

La persecución de la utopía, probablemente, sea la búsqueda de certezas dentro de la inestabilidad actual y la persecución de libertad de tránsito que fue restringida debido a la cuarentena.

Sin embargo, “el ruido de fondo”, el costo de oportunidad, pone de manifiesto que los individuos no van poder/desear interactuar entre ellos sin la barrera de la desconfianza, proyectando al enemigo invisible y atómico, en el sujeto semejante que transita cerca suyo.

Haciendo que la ironía máxima de la ideología se regocije en sí misma: la susceptibilidad de enfrentarse al peligro latente en cada individuo, limitando y obstaculizando las interacciones entre conocidos y mucho más entre desconocidos, respondiendo con aislamiento, precaución, separación, se debe a la manifestación más reciente (y contundente) de la globalización: el COVID-19.

Consiguiendo que la integración y la eliminación de fronteras solo sea aplicable al rechazo generalizado de la otredad, generando pérdidas en el espacio de diálogo, las interacciones sociales, ergo, el enriquecimiento cultural.

Bibliografía

Cómo citar el artículo.

Mardones, V., Siles, T., & Zelaya, M. (2020, agosto 24). El fin del mundo como lo conocíamos. | Metusia es compartir. Recuperado (fecha de visita a la página), de Metusia website: https://www.metusia.com/coleccion-hombre-del-futuro/el-fin-del-mundo-como-lo-conociamossociologia-y-comunicacion-del-futuro/


José A. Coca

Comunicador social con maestría en comercio y relaciones internacionales. Escritor, investigador y docente universitario. Ex-presidente del Colegio de Comunicadores Sociales de Cochabamba

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