Extracto de libro de Jhon Fiske “Introducción al estudio de la comunicación”



Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

La comunicación es una de las actividades humanas que todo el mundo reconoce, pero pocos pueden definir satisfactoriamente. 

¿Qués es comunicación?Comunicación es hablar uno con otro, es televisión, es difundir información, es nuestro estilo de peinado, es crítica literaria: la lista es ilimitada. 

Por ello, los académicos enfrentan un problema particular: ¿Se puede con propiedad aplicar el término ‘objeto de estudio’ a algo tan diverso y multifacético como la comunicación humana? ¿Hay, por ejemplo, alguna esperanza de poder entrelazar el estudio de la expresión facial con la crítica literaria? ¿Vale la pena intentar hacerlo, aun como ejercicio? 

Tras estas preguntas puede surgir la idea de que la comunicación no es un objeto, en el sentido académico normal de la palabra, sino un área de estudio multidisciplinaria; esta noción propondría que aquello que los psicólogos y los sociólogos nos dicen sobre el comportamiento comunicativo humano tiene poco que ver con lo que nos puede decir el crítico literario.

Esta falta de acuerdo sobre la naturaleza de los estudios de comunicación se ve necesariamente reflejada en este libro. Para tratar de dar alguna coherencia a la confusión, el libro parte de los siguientes presupuestos:

  1. La comunicación es susceptible de ser estudiada, pero necesitamos varios enfoques disciplinarios para poder hacerlo en toda su amplitud.
  2. Toda comunicación involucra signos y códigos. Los signos son actos o artefactos que se refieren a algo diferente de ellos mismos, es decir, son conceptos significativos. Los códigos son los sistemas de organización de los signos que determinan cómo éstos pueden estar interrelacionados.
  3. Estos signos o códigos son transmitidos, o puestos a disposición de otros; y transmitir o recibir signos, códigos o comunicación es la práctica de las relaciones sociales. 
  4. La comunicación es central a la vida de nuestra cultura: sin ella, la cultura muere. En consecuencia, el estudio de la comunicación implica el estudio de la cultura a la cual está integrada. Como base de todos estos supuestos está una visión general de la comunicación como la “interacción social por medio de mensajes”.

La estructura de este libro refleja dos maneras de enfrentar el estudio de la comunicación. La primera considera a la comunicación como transmisión de mensajes: le interesan la codificación y decodificación que hacen los emisores y los receptores, y cómo los transmisores usan los canales y los medios de comunicación; se preocupa por la eficiencia y la exactitud de la comunicación, y cree que ésta es un proceso por el cual una persona influye en el comportamiento o estado mental de otra. Si el efecto es diferente o menor de lo esperado, se tiende a pensar en términos de fallas de la comunicación y a buscar en las etapas del proceso para saber dónde ocurrieron. Por conveniencia, me referiré a este enfoque como la escuela centrada en el proceso.

El segundo enfoque considera a la comunicación como producción e intercambio de sentido. Analiza la forma como los mensajes, o textos, interactúan con las personas para producir sentido; es decir, se preocupa por el papel de los textos en nuestra cultura. Utiliza términos, como significación, y cree que los malentendidos pueden ser resultado de diferencias culturales entre el emisor y el receptor, y no necesariamente evidencia de fallas en la comunicación. Para esta escuela, el estudio de la comunicación es el estudio de los textos y la cultura. Su principal método de estudio es la semiótica (la ciencia de los signos y los significados), nombre con el cual la identificará este libro.

La escuela centrada en el proceso acude a las ciencias sociales, particularmente a la sociología y a la psicología, y habla de actos de comunicación; la escuela semiótica acude a la lingüística y a las artes y habla de obras de comunicación.

Cada escuela interpreta a su manera nuestra definición de la comunicación como “interacción por medio de mensajes”. 

La primera define la interacción como el proceso por el cual una persona se relaciona con otras, o afecta el comportamiento, el pensamiento o la respuesta emocional de otra, o viceversa.

La semiótica [segunda], por el contrario, define la interacción social como aquello que convierte al individuo en miembro de su cultura o sociedad. 

Yo sé que soy miembro de la sociedad industrial occidental porque, para dar solo una de muchas fuentes de identificación, reacciono ante Shakespeare o Cervantes más o menos de la misma manera que otros miembros de mi cultura. 

Me vuelvo consciente de estas variaciones culturales cuando, por ejemplo, escucho a un crítico soviético interpretar a El Rey Lear como un devastador ataque al ideal occidental de la familia como base de la sociedad. Es una interpretación posible, por supuesto, pero la importancia está en que no es la mía, como miembro típico de mi cultura. 

Al responder a El Rey Lear en la forma normal, expreso mí sentido de comunidad con otros miembros de mi cultura. De la misma manera, un adolescente que aprecia un estilo particular de música rock expresa su identidad como miembro de una subcultura y, aunque de manera indirecta, interactúa con otros miembros de su grupo social.

Las dos escuelas también difieren en su ‘comprensión de lo que constituye un mensaje. 

Para la escuela centrada en el proceso, un mensaje es aquello que se transmite por el proceso de comunicación; para muchos de sus seguidores, la intención es un factor crucial en la determinación de lo que constituye un mensaje. 

Así, halar mi oreja no sería un mensaje a menos que deliberadamente lo hiciera como una señal previamente arreglada en una subasta. 

La intención del emisor puede ser explícita o implícita, consciente o inconsciente, pero debe ser recuperable mediante el análisis. El mensaje es, pues, lo que el emisor coloca en él, por cualquier medio posible. 

Para la semiótica, por otro lado, el mensaje es una construcción de signos que, al interactuar con los receptores, produce significados. 

El emisor, definido simplemente como transmisor del mensaje, se reduce en importancia; el énfasis se traslada al texto y a cómo es ‘leído’. Y leer es el proceso de descubrir los significados que se generan cuando el lector interactúa o negocia con el texto. 


Persona hojeando un libro

Esta negociación ocurre cuando el lector aporta a los signos y códigos que conforman ese texto aspectos de su experiencia cultural, y también incluye alguna comprensión compartida sobre qué es el texto. 

Solamente tenemos que observar cómo diferentes periódicos informan de manera diferente sobre el mismo acontecimiento, para darnos cuenta de cuán importante es esta comprensión, esta visión del mundo, que cada publicación comparte con sus lectores. 

Así, lectores con distintas experiencias sociales, o de diferentes culturas, pueden encontrar diferentes significados en el mismo texto. Esto no es, como ya hemos dicho, necesariamente evidencia de fallas en la comunicación.


Ilustración de Jhon Fiske sobre mensajes y significados

El mensaje, por tanto, no es algo enviado de A a B, sino un elemento en una relación estructurada cuyos demás elementos incluyen la realidad exterior y el productor/lector. 

Producir y leer el texto pueden ser considerados procesos paralelos, si no idénticos, en cuanto ocupan el mismo lugar en esta relación estructural. Podríamos modelar esta estructura como un triángulo en el cual las flechas representan la interacción constante, y la estructura no es una práctica estática sino dinámica (figura 1).

EXTRATCTO DEL LIBRO

FISKE, John. 1982. “INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LA COMUNICACIÓN”. Versión en español. Ed. Norma S.A. Colombia. Introducción. ¿Qué es la comunicación? Págs. XIX a la XXII.


José A. Coca

Comunicador social con maestría en comercio y relaciones internacionales. Escritor, investigador y docente universitario. Ex-presidente del Colegio de Comunicadores Sociales de Cochabamba

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